Entre mis obsesiones con el tiempo, además del constante deseo de tener menos años o la preocupación por los que ya tengo, el miedo al futuro y los fantasmas del pasado, está el arrogante deseo o la exigencia perezosa de que las cosas trasciendan. Reconocer esto es siempre vergonzoso, pero tampoco se trata de un acto de soberbia. Es el ingenuo deseo de ser o que las cosas sean como aquellos y aquellas cosas que trascendieron y que nos unen con el pasado, que nos acercan en la distancia. Tan sólo arrogarse de forma justa, sin pedestales, una distancia que hace de puente consigo misma y con todo lo que es otro, y que al fin, salva y perdona nuestras vanidades.
Es también querer burlar a lo grande, presentar la batalla de lo pequeño contra un gigante inmenso.
jueves, 8 de mayo de 2008
Suscribirse a:
Enviar comentarios (Atom)
1 comentario:
Hasta ahora, el único modo de burlar a la muerte es ese, la trascendencia.
Publicar un comentario